Jamás debí enredarme en sus pestañas,
o en sus cabellos o entre sus brazos,
ni debí usar su pecho como refugio
sabiendo que la guerra estaba centímetros más abajo
o más adentro.
Sus uñas fueron balas adhiriéndose a mi espalda,
mientras él enterraba la bandera de la paz cada vez más profundo.
Fue mañana de invierno en Madrid y un tiovivo de emociones en plena primavera,
un tornado con nombre y apellido que traspasó todas mis montañas;
fue mentira y verdad.
Jamás debí escoltarlo hasta la memoria…
me rompió el corazón de tantas maneras.
El café de sus ojos provocaba tormentas de insomnio
en las noches más largas del verano,
fue despedida y tristeza, coincidencia de varias vidas atrás,
las migajas de lo imposible.
Fue montañas, Morelos, La Gran Vía, océanos, distancia, tropiezos, galaxias,
lunas y besos.
Inundó a mis sentidos como hojas a los árboles en días de abril.
Su nombre navegó entre matices de versos
que ni yo sabía que escondía entre mis letras.
Fue la osadía de todos mis miedos.
